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El cementerio de los ingleses

A golpe de pinganillo

Con la polémica lista de EH Bildu, parece que ha vuelto la 'Ben Johnson' Ayuso que tanto gusta a sus votantes

Publicado: 21/05/2023 ·
16:41
· Actualizado: 21/05/2023 · 16:41
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Autor

John Sullivan

John Sullivan es escritor, nacido en San Fernando. Debuta en 2021 con su primer libro, ‘Nombres de Mujer’

El cementerio de los ingleses

El autor mira a la realidad de frente para comprenderla y proponer un debate moderado

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Corría el verano de 1988 cuando, en las Olimpiadas de Seúl, una prueba de velocidad terminaba de una forma que me costó comprender a mis siete años de edad. Ben Johnson, cuya icónica imagen con el musculoso brazo en alto celebraba una victoria, era descalificado por haber consumido sustancias dopantes. Era el que más rápido había corrido pero había hecho trampas. El resultado: Carl Lewis fue campeón olímpico en aquella prueba.

En 2013 (si mal no recuerdo) la entonces Infanta de España, Cristina de Borbón, se sentaba en el banquillo de los acusados por el caso Nóos. Tras una serie de maniobras donde sólo faltó por movilizarse el Sursum Corda para evitar el enjuiciamiento de la hermana del Rey, la estrategia de Cristina de Borbón no fue otra que la repetición de tres respuestas: "no lo sé", "no me acuerdo" y "no me consta". La hija del ahora Rey Emérito fue absuelta de aquel juicio e Iñaki Urdangarín, condenado por aquello. Bien es cierto que las generosas condiciones que se han pactado en su divorcio suenan a comprar un silencio que, de romperse, podría hacer temblar algunos cimientos; pero no es menos cierto que esto es una mera conjetura y que, de ser cierta, no podría demostrarse con lo que sabemos a día de hoy.

¿Por qué cito estos casos que ya se diluyen en el tiempo y que no guardan relación alguna entre sí? Muy sencillo: ambos casos confluyen en la oratoria de la presidenta de la Comunidad de Madrid. No hace mucho que el gesto recurrente de apretarse algo en el oído en entrevistas y comparecencias comenzó a sugerir, para internautas y periodistas, la posibilidad de que Díaz Ayuso llevara puesto un pinganillo para esas intervenciones programadas en las que hubiera podido preparar con tiempo lo que fuera a decir. A fin de cuentas, si la observan ustedes bien, siempre que habla está leyendo y se aprieta el oído cuando se le pregunta o interpela: todo depende de si está en un atril ante la prensa, en un plató de televisión o en el pleno de la Asamblea de Madrid. Ahí puede parecer solvente para lo que su electorado espera de ella. Sin embargo, en ocasiones, Ayuso se transforma y su discurso se vuelve torpe, esquivo y cargado de meteduras de pata. Aún se recuerda la cara de tierra, trágame cuando reconoció que gestionaba las residencias de Madrid durante la pandemia tras semanas culpando al Gobierno central del abandono de siete mil ancianos. O sus asesores pincharon preparando la entrevista o las señal no llegó al pequeño chivato electrónico.

Como digo, Ayuso es una dualidad: cuando puede contar con ese apoyo externo, es el Ben Johnson de Seúl ganando la carrera con clembuterol, esteroides o lo que fuera que consumiera sin que nadie tenga por qué descalificarla de la carrera electoral. Cuando el pinganillo falla, o no está ni se le espera, la presidenta madrileña muta del atleta canadiense a la Infanta Cristina. Tal ocurrió en el debate de Telemadrid. Esquivó preguntas con un "no me doy por aludida" (ojo, la alusión era directa porque contestaba con eso a una pregunta directa de Mónica García) que recordó a esas tres respuestas que soltó en bucle la ex duquesa de Palma en aquel juicio; rehusó, con cierta histeria, el libro del otrora consejero Reyero sobre la gestión de las residencias que le ofreció Alejandra Jacinto (Unidas Podemos) espetando "no invada mi espacio, lléveselo, para usted"; y soltó alguna ocurrencia absurda como la de "llevar la naturaleza a las familias: que cada balcón tenga una planta". Hasta Rocío Monasterio (Vox) parecía más solvente en su oratoria, aunque tampoco es que tenga mucho mérito: después de varios años repitiendo un discurso tan simple, es muy difícil no aprendérselo de memoria.

Con la polémica lista de EH Bildu, parece que ha vuelto la Ben Johnson Ayuso que tanto gusta a sus votantes: ha llegado soltando que "ETA sigue viva y está en el poder" y se ha mostrado favorable a instar la ilegalización del partido abertzale pese a que la Ley de Partidos no contempla hacerlo en los términos actuales. Aunque no me guste en absoluto que haya candidatos con delitos de sangre en sus antecedentes, es cierto que nuestras leyes permiten que se presenten al considerar sus penas cumplidas y sus derechos políticos restituidos. Como decía, Ayuso ha vuelto a parecer ese atleta dopado en una carrera, la política, que permite ese dopaje. Sin embargo, su momento cristiniano en el debate ha sido como la prueba de orina que se hace para detectar esas sustancias prohibidas en el deporte: la sombra de la sospecha sobre el uso del pinganillo se fortalece al ver la diferencia entre la debilidad mostrada en el debate y la intervención sobre Bildu. Ni el Doctor Jekyll era tan diferente de Míster Hyde de un día para otro.

Desconozco qué pensará la masa social de Madrid tras ver esta extraña dualidad y la más que sensible diferencia entre su presidenta en un debate y su presidenta en otro escenario. Lo que sé es que, si fuera madrileño, no sé si querría estar gobernado por un pequeño dispositivo: ¿quién quiere ser gobernado a golpe de pinganillo?

 

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