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Jueves 25/04/2024  

Desde la Bahía

Reflexiones incómodas

Los pueblos comienzan a acostumbrarse a sentir una cierta monotonía ante tanta noticia de asesinatos de todo tipo

Publicado: 21/05/2023 ·
16:31
· Actualizado: 21/05/2023 · 16:32
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Autor

José Chamorro López

José Chamorro López es un médico especialista en Medicina Interna radicado en San Fernando

Desde la Bahía

El blog Desde la Bahía trata todo tipo de temas de actualidad desde una óptica humanista

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No quiero establecer diferencias cronológicas. Citaré el tiempo pasado como algo muy lejos, lejísimo. Fue en esa lejanía, en la que dos hombres presentaron su ofrenda ante Dios. Una muy bien recibida la de Abel, la otra, la de Caín no consiguió, quizás por inepcia o necedad, alcanzar el nivel adecuado para ser alabada. En Caín, ofuscado, la envidia hizo nido y el negro pájaro de la venganza allí nacido le llevó al crimen. No pudo aceptar los valores de su hermano. La sentencia de Dios, que no admite el castigo cruento, fue ejemplar: “Maldito serás de la tierra, cuando la labres te negará sus frutos y andarás por ella fugitivo y errante”. Caín admitió que su maldad era tan grande que no podía esperar perdón. Esta última actitud, quizás le haya llevado al lado del Creador.

El ser humano no es Dios, aunque éste lo haya hecho a su imagen y semejanza. La justicia del hombre quiere hechos reales, rápidos y cruentos y ya desde los mismos textos sagrados y, sobre todo, en el Código de Hammurabi XVIII siglos antes de Cristo hace su aparición una ley -del Talión- cuya norma es: Ojo por ojo, diente por diente, pan por pan.  Estamos ante un principio jurídico de justicia retributiva que impone un castigo idéntico al crimen cometido, es decir, una reciprocidad y una proporcionalidad entre el daño que produce el crimen y el daño que produce el castigo, lo que limitó venganzas extremas. Las penas menores se compensaban con plata, trigo, etc., aunque al autor de un robo se le cortaba la mano.

Desde ese tiempo lejano hasta nuestros días, las cosas se han modificado. Diferentes y excelsas culturas se han encargado de ello y hubo un punto de inflexión en el Sermón de la Montaña de Cristo, que prácticamente dejo sin efecto la ley del Talión, pero ¿estamos siendo justos?.  El delincuente cada vez recibe más dadivas de un Código Penal que intenta remodelarse para beneficio de aquel y de la criminalidad de sus hechos. La víctima que recibe el castigo del agresor se queda con sus heridas -físicas o psíquicas-, que siempre son de la misma magnitud y en múltiples ocasiones irreversibles para la vida, sin clemencia alguna.

Los recintos penitenciarios en los países que se dicen más adelantados y progresistas son, no ya pensiones, sino a veces hoteles con sus respectivas estrellas y donde hay más competiciones deportivas que en muchas ciudades. El respeto al asesino roza límites jerárquicos y su defensa desde abogados a jueces y jurados  tiene aires de caricia. “Odia al delito, compadece al delincuente” es lema que he leído en las paredes de los juzgados y las cárceles comienzan a ser un castigo muy trivial o liviano para cierto tipo de crímenes. Así lo expresan los ciudadanos en la intimidad, pero nunca bajo la presencia de “luz y taquígrafos”.

Los pueblos comienzan a acostumbrarse a sentir una cierta monotonía ante tanta noticia de asesinatos de todo tipo, desde el terror al machismo. No se trata de un apagón de los sentidos, sino que no les queda vela que alumbrar aparte de la de los cirios. Cada vez es mayor el acúmulo de calaveras calvas que hablan ex cátedra en las barras de los bares y se hacen “políticamente correctos” en las “áreas oficiales”, cuando estamos viendo día tras día que el poder con hábil manipulación puede hacer que la víctima parezca un criminal y sobre todo que el criminal sea una víctima.
¿Será verdad que una sociedad tiene todos los tipos de delincuentes que se merece?. ¿Será verdad, como dice el refranero, que con arte y engaño se vive la mitad del año y que con engaño y arte se vive la otra parte?. ¿No será mas eficaz y sobre todo mas verdadero que en vez de hablar tanto de perdón hacia las víctimas, exigiéramos o al menos enseñáramos a no ofender?

Los que asesinan, los que le quitan la vida a otras personas, a veces sin siquiera tener la coartada de conocerle y odiarle por cualquier motivo, sino solo por demostración de fuerza e intimidación, le han dado fin a su existencia. No basta cumplir condena, les llegará su excarcelación, pero ésta  no debe ser su absoluta libertad. Se acaba el presidio, pero la sociedad debe iniciar entonces su verdadera condena, apartándoles de todos aquellos cargos que lleven consigo poder o administración de la vida social, máxime cuando no muestran como hizo Caín, que no son merecedores de perdón.

Estamos viviendo y somos testigos de la ofensa que se hace a las víctimas cuando perdonamos a aquellos que le causaron cualquier tipo de daño. Los intereses más espurios no se adivinan, saltan a la vista, pero a pesar de todo hay que llegar a una sociedad capaz de perdonar y restituir de forma totalmente verdadera al que roba o mata, pero nunca al traidor.

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