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Lunes 06/02/2023  

San Fernando

El maremoto de Lisboa o de Cádiz del día 1 de noviembre de 1755 en su 267 aniversario

"Hay advertencias de que el próximo maremoto en nuestras costas está por llegar, aunque no seamos capaces de predecir ni el día ni la hora en que se produzca”

  • Recreación de cómo pudo haber sido.

En estas próximas fechas, en que celebraremos la festividad del día de Todos los Santos en toda la cristiandad, y cuando corrían las primeras horas de aquel 1 de noviembre del año de 1755, siendo aproximadamente las 9.30 horas de la mañana de aquel sábado, se sintió primeramente el temblor de la tierra en Cádiz y demás poblaciones de su entorno aunque el epicentro de aquel pavoroso seísmo se produjo en Lisboa (Portugal), alcanzando en la escala de Richter entre 8,5 y los 9,5 grados, que afectó a la costa de gran parte de Europa y norte de África, e incluso a la del continente Americano. Fue uno de los mayores cataclismos producidos en la historia mundial tan solo superado por terremoto seguido de un maremoto, producido en Chile en 1960 que superó los 9,5º en dicha escala, que se expandió y afectó incluso a la costa del Japón en pleno Océano Pacífico, desde que se tiene constancia y existen registros oficiales de tales sucesos.

Pero este de 1755 no fue el único terremoto – maremoto sufrido en nuestra zona. De otros fenómenos naturales similares, se tienen constancia oficial a lo largo de la historia, de haberse producido en los años 245, 218 y en el 210 antes de cristo. Otros en el año 365, y en el 957 de nuestra era cristiana. La falla de las Azores y la del Estrecho de Gibraltar, son las causantes en el mayor de los casos, de tales fenómenos naturales que afectan a nuestra costa atlántica. Por todo ello la casuística de repetirse en el tiempo tales fenómenos en nuestra costa atlántica gaditana, se estima en ciclos de cada 500 a 600 años aproximadamente.

Si tuviese que elegir el testimonio de aquellos sucesos vividos y padecidos en aquella aciaga jornada por los habitantes de la vecina y hermana capital, y de sus pueblos comarcanos sumidos en un desastre total, elegiría sin duda alguna para mí, el del mayor experto conocedor de aquel pavoroso desastre natural, que no es otro que mi amigo Juan Antonio Aparicio Florido. Investigador, estudioso y autor de dos interesantísimas obras publicadas recientemente sobre este fenómeno, y también de otro suceso no menos interesante, y peligroso como lo fue el de la célebre explosión de Cádiz acontecida la noche del 18 de agosto de 1947.

Según nos relatan las crónicas de aquel día, y siguiendo en parte lo relatado por José Antonio Aparicio Florido en su obra publicada en el año 2017 bajo el título 1755 el maremoto que viene, entre otras pinceladas unos breves trazos de la misma.

Como afectó el maremoto a Cádiz capital: Aquel sábado día de Todos los Santos de 1755, Cádiz por entonces contaba con una población aproximada de unos 45.000 habitantes, la cual despertó soleada y en calma y nada hacía presagiar tamaña ruina y desolación que la amenazaba. Sobre las 9.30 horas se sintió temblar la tierra y sobre las 11 horas aproximadas de aquella mañana, era pleamar, el mar bruscamente retrocedió hacia el horizonte, produciéndose una increíble bajamar jamás conocida que hizo aflorar de su fondo cosas muy antiguas y desconocidas. Al poco tiempo después todo el océano enfurecido, se adentró hacia la costa atlántica y ciudad de Cádiz, con varias sucesiones de olas enormes embravecidas y furibundas, resumiendo espumas en sus crestas, presagiando una total ruina; algunas alcanzaron entre los 15 y 18 metros de altura. La furia del mar rompió el lienzo de murallas en la zona de la Caleta, cubriendo las olas las fortalezas existentes en dicho lugar, e internándose tras saltar sus murallas al interior de las calles y barrios de la ciudad, provocando un caos y terror inenarrables entre la población.

Recreación de cómo pudo haber sido.

Representación aproximada de lo que pudo haber acontecido en aquella aciaga jornada en Cádiz.

Las primeras víctimas mortales de aquel aciago día, fue un grupo de nueve pescadores que faenaban en la zona de la Caleta, quienes fueron arrastrados en sus pequeñas embarcaciones contra la costa y ciudad. La entrada del océano embravecido por la zona de la Caleta fue descomunal, llevándose y arrastrándolo todo a su paso, para saltar y destruir parte de las murallas gaditanas y adentrase por los barrios de la ciudad produciendo una gran destrucción en las haciendas y la perdida de numerosas vidas humanas.

Los que pudieron escapar y buscar refugio en zonas altas y azoteas, corrieron mejor suerte que aquellos que no pudieron hacerlo, y permanecieron en las calles o en las zonas bajas de las casas. Ejemplo de ello lo acontecido en el barrio de la Viña, cuyo párroco de la Iglesia de Ntra. Sra. de la Palma, sacó el estandarte de la hermandad y lo planto en plena calle ante las olas que asolaron e inundaron el citado barrio, para detenerlas. De esta acción existe un conocido y alegórico mosaico de aquel suceso, en plena Calle de la Palma que a continuación se adjunta.

 

También en aquella jornada se sacó la imagen de la patrona de Cádiz Ntra. Sra. del Rosario, e implorar a Dios su intersección, frente a su templo en la cuesta de las Calesas, para que calmase las furibundas olas que asolaban Cádiz por todos sus frentes.

Las crónicas de aquel día cuentan cómo fueron muchas las mujeres en estado de gestación, que dieron a luz prematuramente en aquella jornada. También se oían el ruido o resumido en el interior de los brocales de los pozos de agua toda la ciudad. Los animales y aves huían despavoridos. El éxodo y huida de sus gentes en busca del arrecife o camino a la Isla de León comenzó a producirse para salvar sus vidas, motivado por el gran caos y temor desatado en la ciudad.

Gracias a las rápidas instrucciones emanadas del gobernador militar de la plaza, quien ordenó cerrar a cal y canto las puertas de la ciudad, e impedir con ello la salida masiva de sus gentes hacia el arrecife, camino a la Isla de León se logró evitar muchas más muertes que las que inevitablemente se produjeron con aquellos que ya marcharon por el citado camino y fueron pastos de las olas que desde la costa atlántica saltaron y cubrieron el mencionado arrecife, para unirse con las aguas de la bahía gaditana, llevándose consigo las vidas de aquellos infelices, sus bestias, carros y pertenencias.

El balance de víctimas en la capital se aproximó a los 200 muertos. Se calculan al día de hoy que el total de las pérdidas económicas de aquel desastre sufrido en toda España, se podría estimar en unos 84 mil millones de las antiguas pesetas.

Parte de la calzada romana que afloró entre Cortadura y El Chato, en uno de los pasados temporales.

Otros países afectados en aquella jornada fueron Portugal en especial Lisboa su capital, la cual quedó destruida casi en un 80% de sus haciendas, perdiéndose las vidas de sus casi 200.000 habitantes, entre 50.000 a 90.000 sin saberse el número exacto de todos ellos. Aquella ciudad se encontraba celebrando el día de Todos los Santos, y tras el pavoroso temblor de la tierra que motivó la caída de sus edificios, se produjeron numerosos incendios producidos por las velas encendidas por tal motivo, que hizo aumentar mucho más aún el desastre de aquella desgraciada jornada.

Otro país gravemente afectado fue Marruecos, cuyo balance de víctimas mortales alcanzó la cifra de 10.000.

Pero no hubo países en toda Europa, norte de África y del otro lado del Océano Atlántico que, en menor o mayor medida, fuese afectado por aquel fenómeno.

Afectación a la Real Isla de León: La Real Isla de León por entonces, ya en manos de la corona desde 1729, era una población en auge, aunque escasamente poblada, y cuyo núcleo poblacional y urbano, se encuentra apartado de su costa, lo cual evitó desgracias mayores en vidas y haciendas que las sufridas en aquella jornada.

Si por un momento pudiésemos retrotraernos por milagro de la magia a aquel crucial momento del pasado y nos pudiésemos situar en aquel viejo camino o arrecife que unió desde tiempos remotos la ínsula gaditana (Cádiz y San Fernando) a través de la costa atlántica, veríamos un ingente número de vecinos gaditanos huyendo despavoridos hacia la entonces Real Isla de León, sin presagiar el mal que el mar les avecinada en cualquier momento.

Aquel arrecife o camino, también antigua calzada romana, proseguía desde Cádiz pegada a su costa atlántica y a las actuales dunas y rebasando la zona de Torre Gorda lugar donde se situó por entonces una célebre almadraba y su poblado, hasta llegar ya en la Real Isla de León al lugar conocido como La Alcantarilla donde enlazaba con el Camino Real para atravesar la Real Isla de León hasta el propio puente de Suazo (hoy eje formado por la Carretera de la Batería de la Ardila y toda Calle Real).

Allí aquel arrecife o camino se bifurcaba prosiguiendo por la costa hasta llegar a la desembocadura del Caño de Sancti Petri, donde se ubicó la antigua barca para pasar al otro lado del caño en el término de Chiclana, y proseguir hacia Conil de la Frontera siendo también llamada cañada Cádiz- Conil. Aquella barca desapareció del lugar tras el maremoto, y la persona que explotaba su uso, de apellido Busto, reclamó posteriormente tras el suceso acontecido, los daños causados en ella al cabildo municipal de la vecina ciudad de Cádiz.

La venida enfurecida de las olas procedentes del océano, cayeron sin piedad en aquellos parajes, sembrándolos de muerte y desolación. Aquellas por entonces fértiles y ricas tierras de labor, de pastos para el ganado, de viñedos, olivares, donde existieron algunos célebres caseríos isleños como el de la Alcudia, Soto, entre otros, al igual que diversas salinas que fueron totalmente inundadas y destruidas, transformándose desde entonces hasta nuestros días, en terrenos infértiles, mareales y lacustres.

La lengua del océano penetró a través del Caño de Sancti Petri, sobrepasando en diversas oleadas que en algunos casos alcanzaron entre los 15 y 18 metros hasta sus crestas, su castillo e islote, y desbordándose brutalmente en ambos márgenes e inundándolo todo a su paso, afectando con ello a los municipios actuales de Chiclana y de San Fernando. Durante la gran bajamar previa al maremoto, se descubrieron en las entrañas del océano y quedaron momentáneamente al descubierto, numerosos restos arqueológicos desconocidos y jamás vistos en aquellos parajes.

En la Real Isla de León aquel desbordamiento afectó también al caño, muelle y molino del Saporito, inundando sus albinas (Calle de San Marcos) y llegando a sus calles adyacentes: Tomás del Valle, Dolores, Santiago, etc.

Hace unos años y tras el fuerte temporal que azotó nuestras costas, aparecieron restos de la antigua calzada y viaducto romano, y partes de los murallones del viejo arrecife entre Cádiz y la Isla de León por la zona de las actuales playas gaditanas de Cortadura, del Chato y Torre Gorda.

Motivado por el maremoto de 1755, aún se pueden apreciar sus resultados en nuestra costa atlántica, entre Torre Gorda y la Punta del Boquerón, donde aún se pueden apreciar su afectación al entorno de la época, y encontrarnos con restos de su calzada romana.   

Al igual que su arsenal naval de la Carraca, que ningún daño sufrió ya que las enfurecidas olas procedentes del Océano Atlántico que saltaron sobre el arrecife o camino a Cádiz, fueron frenadas por las aguas de la bahía gaditana, y el propio puente de Suazo. Por tal motivo cada año a finales del mes de septiembre, se celebra en acción de gracias al “Todo Poderoso” en dicho arsenal, el acto de bendición del mar, motivado por el voto y agradecimiento de nuestra armada de haber sido protegido el arsenal durante aquel aciago suceso.

Bendición del mar en el arsenal de la Carraca “San Fernando”, el pasado día 9 de septiembre de 2022.

Afectación al resto de municipios comarcanos de nuestra provincia: Para no extenderme demasiado dentro de este apartado, pues no resulta posible el poder publicar un texto en prensa demasiado extenso, y por ello habrá que abreviarlo. Por todo ello lo resumiré, indicando que no hubo población costera gaditana que se librase de las iras de aquel fenómeno natural, que sembró todo a su paso de muerte y destrucción. Las aguas se adentraron furibundas cerca de dos kilómetros desde su costa hacia tierra adentro; en la zona de Conil. Igual sucedió con Chiclana, y toda la comarca restante de la costa atlántica gaditana y la costa onubense. Muchas de dichas poblaciones sufrieron daños de consideración en sus edificios, algunos cayeron destruidos y muchas vidas se perdieron en ellos. Se calcularon en cerca de 150.000 los muertos, de los cuales entre 50.000 a 90.000 murieron solo en Lisboa. La cifra de víctimas mortales no se calculó con exactitud, y según sus fuentes difieren mucho en cada caso.

También afectó a la primitiva calzada romana, arrecife o camino real de unión entre Cádiz, y la por entonces Real Isla de León, tras el citado maremoto fue total, teniéndose pocos años después de aquel suceso que acometer la construcción de un nuevo arrecife y parte de su trazado, que anuló el anterior de la costa atlántica, desde Torre Gorda hasta la Alcantarilla y la desembocadura del Caño de Sancti Petri donde se situó la barca. Quedó desde entonces hasta nuestros días como germen de la carretera N.IV y actual CA.33, que une mediante una gran recta, la curva de Torre Gorda y la entrada a San Fernando, tras rebasar el puente y caño del Río de Arillo.

Municipios gaditanos afectados: Cádiz con 200 muertos por ahogamiento y otras causas. San Fernando con 22. Chiclana de la Frontera con 3. Conil de la Frontera con 24. Vejer de la Frontera con 2. En Puerto Real y en el arsenal de la Carraca, no se registró ninguna víctima mortal. El Puerto de Santa María con 5. Sanlúcar de Barrameda con 9. Chipiona con 4. 

Provincia de Huelva y municipios afectados: Los daños estimados en Huelva capital se calcularon en un total de 4.949 casas apuntaladas que precisaron reparos. 333 casas demolidas o que se han de demoler. Y un total de 66 muertos. Ayamonte sufrió un total de 400 muertos. Lepe con 203. La Redondela con 276, por citar algunos de sus municipios afectados.

Las crónicas de la época citan el repique de campanas en numerosas ciudades y pueblos de toda Europa, motivado por el movimiento de aquel seísmo, que también afectó a muchos de sus lagos y de sus cuencas hidrográficas.

Todos recordaremos recientemente las actuaciones y simulacros llevados a cabo en nuestra población ante un posible maremoto, por parte de la Junta de Andalucía y sus diferentes servicios de emergencias y de la U.M.E, que muchos recordamos su campamento instalado en la zona aledaña a los polvorines de Fadricas y el caño y muelle de caño de Herrera, dentro de los planes establecidos para afrontar dicho siniestro natural, ya que la probabilidad de que este fenómeno se produzca es muy alta en nuestra zona.

Quizás muchos recuerden aquel maremoto que pudo haber afectado a nuestra costa atlántica en el año de 1983, y que afectó a Marruecos. Y como muchos curiosos se apostaron en numerosos lugares de nuestra costa esperando su llegada, como si de un divertido e ingenuo espectáculo se tratase. Todo lo contrario a las normas de emergencias establecidas a tal fin, que habrá que tomar en consideración si queremos salvar nuestras vidas, pues lo primero tras conservar la calma, es buscar un punto elevado donde refugiarnos y protegernos.

El último gran maremoto acontecido en nuestro planeta lo fue en la mañana del día 26 de diciembre de 2004, que afectó a la costa y sudeste asiático, archipiélagos e islas existentes en dicha zona, provocando aproximadamente unas 260.000 víctimas mortales, sin precisarse los miles de desaparecidos, y la estimación de los incalculables daños y pérdidas producidos. Se le define como el segundo terremoto mayor acontecido, que alcanzó la intensidad de 9,1 grados en la escala de Richter en el mundo, desde que existen registros de tales sucesos tras el terremoto de Chile de 1960, que registró los 9,6 grados en la citada escala.

Como nos cita José Antonio Aparicio Florido, al final de su obra 1755 el maremoto que viene la cual recomiendo por su interesante lectura y el rigor histórico con el que su autor ha tratado el tema para entender y situarnos en profundidad, en aquel desastre natural que tanto mal produjo en su época. “El maremoto de 1755 es solo un episodio más, dentro de la larga serie de fenómenos naturales de esta índole, que nos han dejado su imborrable huella en las costas de nuestra península ibérica. Los últimos sucesos similares, acontecidos en los pasados años de 1969, 1975, 1983, 2003 y 2004 en diversos rincones de nuestro planeta, son una clara advertencia de que el próximo maremoto en nuestras costas está por llegar, aunque no seamos capaces de predecir ni el día ni la hora en que se produzca”.

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