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El jardín de Bomarzo

El tiempo entre manos

Dice un amigo que la vida siempre empata, que por cada cosa buena o éxito viene una mala o fracaso y que, en la cuenta final, la balanza tiende a estar nivelada

Publicado: 29/07/2022 ·
11:21
· Actualizado: 29/07/2022 · 11:21
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Bomarzo

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"Qué torpe es creer que el regalo está dentro del paquete, siempre, siempre, siempre son las manos que lo entregan".

Dice un amigo que la vida siempre empata, que por cada cosa buena o éxito viene una mala o fracaso y que, en la cuenta final, la balanza tiende a estar nivelada. Algunos pensarán que eso no es así, que suman más desventuras que lo contrario, otros en cambio que la suerte les fue generosa y que, sumados, los placeres ganan de largo a los sinsabores. Hay quienes no creen en la suerte o al menos minimizan su poder de influencia frente a un destino que se labra día a día, al que hay que salir a buscar y la encasillan en cuestiones que no dependen de nosotros mismos, como la salud; también la salud se busca en cuestiones como hábitos saludables de alimentación, descanso, deporte y, en definitiva, cómo afrontas la vida, si siendo positivo o rompiendo en triste. Detestables tristes. Se anuncian de lejos, irradian energía negativa con una propuesta estética de corte asustadizo, beben solo refrescos azucarados -puag-, no suelen tener equipo de fútbol porque la pasión es contraria a la tristeza, se rodean de otros tristes y aman, por consiguiente, a mujeres tristes. En cambio, la luz de una persona alegre deslumbra, atrae cual imán al que te quieres unir y son personas bellas, guapas o feos, pero bellos porque lucen. La belleza no es una simple cuestión regulada por determinada normativa estética, la inteligencia embellece al nivel que la estupidez, tan abundante, afea. Cosas hermosas y otras horribles.

Bello es el verano, sus tardes apacibles y eternas con luz propia hasta muy entrada la noche y más cuando las admiras al tras luz de algún licor que entumece la mente al ritmo suave que funde el hielo; incomprensibles -horribles- son muchas de las pieles tatuadas ahora al aire en esta degeneración rítmica en la que ha entrado cierto porcentaje de la humanidad a ver quién se graba la imagen más imbécil y, por lo visto hasta la fecha este verano, gana un Pumba en color y un hakuna matata sobre él en plena pantorrilla, Dios santo, seguido de cerca de un mickey y minnie mouse con lazo rojo. O sea ¿?. En cambio, la piel es bella, más aquella tersa que se contonea al punto justo de moreno por playas infinitas como estas de Cádiz, donde la naturaleza se toma descanso para admirarse a sí misma un rato. Veranos en Cádiz bellos, a veces calmados y otras dentro de sus aires difíciles que cambian y se encuentran, que espantan al visitante porque desconocen sus ritmos, sus sentidos, sus intensidades, sus olores y vértigos, sus temperaturas, sus consecuencias cuando dos semanas seguidas golpea de Levante, pero los vientos son hermosos porque mueven, despejan, aclaran el mar y cambian la intensidad de sus olas, su color. Su temperatura.

Agosto es el mes del libro, también. A medida que el latido se dilata y hay mañanas o tardes libres, ese viejo amigo que es un libro recupera el espacio que a veces perdió durante el invierno y no hay estampa que represente mejor las vacaciones y el relax que tomar el sol, hincar los dedos en la arena buscando lo húmedo y abrir un libro por donde ibas. En papel, que está de regreso y gana a golpe de vista en cualquier playa. Tras unos años exiliado, el aroma del papel, la textura, el olor de sus páginas al pasarlas han recuperado el protagonismo que cedió ante formatos digitales, tabletas y demás porque el libro sigue siendo uno de los mejores inventos de la humanidad, junto a la rueda o la tijera. Leer es uno de los muchos legados que me dejó mi honorable señor padre, un hombre de campo de piel curtida que se pasaba las mañanas mirando al cielo buscando ese agua necesaria porque no había aplicaciones ni móvil y al que solo le quedaba confiar en Mariano Medina, mientras que las tardes las hacía con alguna de las muchas novelas que escribió Marcial Lafuente Estefanía, todas del oeste. Su gorra calada, su mirada al cielo, sus novelas.

Poco más que añadir en este último jardín del curso, solo que espero que mi amigo no tenga razón y la vida al final no busque el empate porque la balanza cae de seco golpe del lado bueno, siempre con nubarrones aquí o allá, igual gracias a esa sana tendencia a olvidar lo malo y saborear el tiempo, el tiempo entre amigos a los que dedicar tardes de vinos, el tiempo en Cádiz con sus aires, el tiempo entre párrafos de maravillosos libros como los de Salter en Años Luz, el tiempo entre las manos que se va escurriendo día a día, año a año. Uno quisiera detener el tiempo por un tiempo, aquí y ahora, pero ese es el precio que hay que pagar por vivir, que todo pasa deprisa. Hasta lo malo. Muy deprisa. Feliz verano.

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