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La Pasión no acaba

Un hilito morado

Un tibio haz de luz recorre el salón para iluminar con el temple de las grandes tardes las manos de seda de la esposa. No lleva gafas porque no las necesita...

Publicado: 17/02/2022 ·
09:11
· Actualizado: 17/02/2022 · 09:11
  • Nazarenos del Cristo de la Corona.
Autor

Víctor García-Rayo

El periodista Víctor García-Rayo es el presentador y director del programa La Pasión de 7TV Andalucía

La Pasión no acaba

Dedicado al alma de

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Un tibio haz de luz recorre el salón para iluminar con el temple de las grandes tardes las manos de seda de la esposa. No lleva gafas porque no las necesita. El baile de sus dedos con la agua y el hilo se asemeja al caminar de la cuadrilla de Santa Marta. Ella cose largo y llevando a lo alto el hilo hacia arriba justo después de atravesar el ruán morado. Parece sonreir mientras concentra toda su existencia en los trazos que va marcando al coser.

Tiene la túnica de su marido en el regazo y está mimando con hilvanes de ternura los últimos retoques. La vida está detenida en un dobladillo. La plancha aguarda en el patio de cuadrillas y el esparto vela sus cuerdas -preparadas ya para abrazar una cintura de fe- sobre la silla. El escudo está sin coser. La vida ha vuelto a sacar su papeleta de sitio.

Él mira a su esposa mientras ella concentra sus sentidos en los cruces de dedos y telas, en el acierto y la recta, en el metal pidiendo matrimonio al ruán. Parece que no respira. Tiene el alma puesta en la fe de la segunda piel del hombre que ama. La tarde respeta la escena y todo está en calma.

Es entonces, mientras él la mira a ella, cuando una lágrima sale sin permiso a recorrer la mejilla del hombre. Quizá siga sin estar preparado para asistir a una de las escenas más hermosas que puedan vivirse en la ciudad.

Es una liturgia gigante, inabarcable, heredada y honda. La mira coser, la contempla amasar cerca de su vientre el ruán que en unos días marcará los latidos del corazón. Y llora. Hay momentos tan rotundamente bellos que los hombres no son capaces de sostener sobre las vigas de su hombría. El marido se levantó para retirarse de la estancia sin hacer ruido pero ella esbozó una sonrisa -el amor lo ve todo, lo sabe todo- y dejó para más tarde un abrazo inolvidable.

Ella tiene recogido su cabello rubio en una coleta alta, sus manos son hermosas y las piernas juntas no cederán ni un milímetro para que la túnica que le reposa en los muslos no se mueva ni un centímetro, como el cuerpo de su marido cuando esté formado en las filas de su cofradía. Siente en su pecho que lo que está haciendo esta tarde es algo grande, sevillano, tan relevante como cierto. Su marido se pondrá esta túnica una sola vez al año, un día, unas horas. Pero es el día más importante, el único. Y ella lo sabe.

Cuando él vuelve al salón, unos minutos más tarde, la túnica descansa tendida a lo largo -como dormido el tiempo- sobre el amplio sofá, la plancha está encendida y el haz de luz se ha clavado en los amplios ojos de su esposa, hoy más guapa que nunca.

Se miran, en los ojos de ella se refleja la dulzura. En sus manos aún se notan las señales de la tarea, marcado el cuerpo de la aguja en la piel de sus dedos. En la falda le quedó prendido, resistiendo a caer al vacío, un hilito morado.

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