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Miércoles 06/07/2022  

El cementerio de los ingleses

Arroz con pollo y lorazepam

En la actualidad, hay un abanico de razones por las que queremos estar muy sanitos y que hasta los cuescos huelan a perfume de Chanel

Publicado: 26/04/2022 ·
22:01
· Actualizado: 26/04/2022 · 22:01
Autor

John Sullivan

John Sullivan es escritor, nacido en San Fernando. Debuta en 2021 con su primer libro, ‘Nombres de Mujer’

El cementerio de los ingleses

El autor mira a la realidad de frente para comprenderla y proponer un debate moderado

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El culto al cuerpo ha sido siempre una materia controvertida. Ya desde la antigua Grecia, el deporte tenía una importancia más allá de la propia competición. Era una demostración de poderío por parte de las distintas ciudades-estado y, además, se entendía cierto favor de sus dioses en función de los resultados. Hasta llegar a nuestros días, el cuerpo humano ha ido siendo más o menos cuidado dependiendo de la época histórica y el pensamiento que en cada Edad se profesaba. Con la Edad Contemporánea, desde el siglo XX hasta estos días que vivimos, la importancia de estar en forma se ha ido convirtiendo en tema de estudio hasta el punto en que ahora es fácil encontrar información sobre rutinas de entrenamiento, dietas, complementos alimenticios... Citius, altius, fortius (más lejos, más alto, más fuerte) es lo que reza el lema olímpico y, al mismo tiempo, una obsesión que predomina en la sociedad actual.

En la actualidad, hay un abanico de razones por las que queremos estar muy sanitos y que hasta los cuescos huelan a perfume de Chanel. Desde cuidar nuestra salud hasta lucir palmito en la playa, pasando por ganar calidad de vida, experimentar un subidón de endorfinas tras cada entreno o hacer mero postureo en las redes sociales. Este último “motivo” me hace hasta gracia. No cuesta mucho encontrar vídeos de cualquier hijo de vecino compartiendo los doce kilómetros que ha corrido antes de desayunar (que ya me da flato antes de darle “like”) o levantando un cachalote con los meñiques mientras acompañan su exhibición de rendimiento deportivo con el comentario menos original (o más copiado) de los últimos años: No pain, no gain. Algo así como “si no duele, no sirve para nada”. Fotos del playo de arroz con pollo hervido, que se vea que comemos bien. Y no es justo, ahora me siento culpable, casi blasfemo,  porque estoy viendo eso mientras, en mi sofá, estoy fumando un cigarrito después de haber degustado un cartucho de chicharrones.

Sin embargo, en esa búsqueda de la salud, la eterna juventud y algún empacho de L-Cassei en pos de la inmortalidad (que el Santo Grial sigue sin aparecer mientras el L-Cassei está barato en el súper), nos estamos olvidando de algo. Ya que hemos metido un latinajo como el Citius, altius, fortius, podríamos recordar otro: mens sana in corpore sano.  Y no, ya no hablo de la importancia de estudiar (que la tiene), formarse o disfrutar de la lectura, la música o la pintura; hablo de mantener un estado adecuado de salud mental. Ésta es la gran olvidada por más que en los últimos dos años se le haya intentado dar un poco de visibilidad. En España tuvimos el alegato en el Parlamento de Íñigo Errejón a este respecto, que fue contestado con un “vete al psiquiatra” por un imbécil (no tiene otro nombre). En los Juegos Olímpicos tuvimos el caso de Simone Biles. Si hablamos del cómico y comunicador Ángel Martín o de la desaparecida Verónica Forqué, por nombrar sólo algunos rostros conocidos, creo que se entiende de qué estamos hablando.

Siempre habrá alguien que diga “no me dan pena ninguna, son ricos y famosos”. Pero entonces, obviando a personas públicas que cuentan con más recursos que el resto de los mortales, veamos a esos que no salen en los medios. Veamos al camarero que echa 16 horas y no llega a fin de mes. A esa trabajadora que no consigue conciliar su jornada eterna con el cuidado de su hijo siendo, además, familia monoparental. A esas personas sufriendo acoso, a la víctima de agresión sexual a la que llaman mentirosa, a ese soltero o divorciado que tiene a cargo a su madre enferma, a esa niña que sufre bullying porque usa corrector dental... En este mundo lleno de desigualdad y falto de humanidad, el que más y el que menos ha tenido, como poco, un cuadro de ansiedad. Y no cualquiera puede tener la debida y necesitada ayuda profesional. Como siempre, los recursos públicos son pocos y los privados están para quien los pueda pagar. Si es que el derecho a la salud también se ha convertido en negocio, como la Educación y hasta las pensiones.

Y así estamos, empastillados hasta las cejas, sin tiempo para un paseo que nos despeje, sin comprensión por parte de otros que, encima, también tienen algún problemilla en su azotea y necesitan la misma ayuda que nosotros... Lo malo de la salud mental es que ni el problema ni la solución se ven con los ojos. Cuando te rompes un brazo, se ve el yeso. Cuando tienes un trastorno mental, leve o grave, nadie ve el sufrimiento ni la retahíla de fármacos que se recetan para intentar estabilizar al paciente. ¿A quién no le ha pasado que su jefe dude de la depresión que motivó la baja médica o que, incluso, sus compañeros hablen de “cara dura” sin saber que sufre de ansiedad? Al final tienes que luchar contra tu problema y contra el estigma social. La mente se queda pequeña para luchar en tantos frentes sin ayuda y la ayuda no llega. Que seamos fuertes, nos dicen. Pues nada, a seguir levantando pesas y comiendo arroz con pollo. Y de postre, lorazepam con medio vaso de agua.

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