El pelotón de los listos

Publicado: 07/02/2021
Autor

Paco Melero

Licenciado en Filología Hispánica y con un punto de locura por la Lengua Latina y su evolución hasta nuestros días.

El Loco de la salina

Tengo una pregunta que a veces me tortura: estoy loco yo o los locos son los demás. Albert Einstein

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Ahora las ratas se quieren quedar en el barco, con el barco y con su vacuna puesta aunque los demás marineros nos ahoguemos.
Llevamos unos días fatales, porque en el manicomio todo el mundo quiere vacunarse a toda prisa y, como nadie quiere ser menos que nadie, aunque más sí, la cosa está chunga. Por lo visto, aunque se han inventado vacunas de todos los colores, ahora resulta que no hay vacunas. Parece que un tal Simón, no el del tinto, ha dicho en voz baja que los locos tenemos que vacunarnos ya, que el covid va a correr entre nosotros como la pólvora y nos podemos morir. Y aquí nadie se quiere morir.

El director, que es muy listo y ya se ha vacunado, nos ha colocado a todos en el patio en fila y por orden alfabético, para que no haya peleas, y no lo ha hecho por edades porque aquí tenemos bastante con estar locos como para que encima nos digan viejo. Sin embargo Zapata ha protestado diciendo que él no tiene la culpa de llevar un apellido tan retrasado en el diccionario y que desde luego no piensa ponerse el último de la fila, porque la música no le va. No veas la que formó también Napoleón, cuando le dijeron que iba detrás de Mahoma. Y Juana la Loca se puso en plan soviético, cuando la quisieron colocar detrás de Cristóbal Colón. Total, que las broncas han sido de película.

Pero la cosa no acabó aquí. Empezamos a ver que algunos se iban colando por la misma cara. Hay aquí un loco al que le llamamos el alcalde, porque siempre lleva en la mano una vara, que dijo que él tenía que vacunarse primero porque para eso era el alcalde. Desde atrás se escuchó un grito que lo puso de vuelta y media. La bronca fue para nada, porque el alcalde se vacunó rápidamente y ande yo caliente y ríase la gente. Después se escuchó un ruido de medallas y sable. Era Pepe, el militar. Dio dos taconazos, y con el tono típico de ordeno y mando, se fue directamente para la mesa de las vacunas y se vacunó el tío por toda la cara.

Para colmo, y cuando se hizo un poco de silencio, saltó Domingo, el obispo, llamado así por su afición al incienso, y puso la guinda que le faltaba al pastel. Con paso tranquilo, como el que nunca ha partido un plato habiendo partido miles, dijo con voz grave que Dios no podía permitir que un destacado miembro de su iglesia se pudiera quedar sin vacunar por falta de vacunas o porque otras ovejas del rebaño se le pusieran por delante. De modo que se fue para la mesa de las vacunas y se vacunó el tío mientras movía los labios como el que reza.

Y ante todo esto terminé por preguntarme: ¿tan grande es la consideración que tienen de sí mismos algunos políticos, cuando muchos de ellos han demostrado que no se merecen estar ahí con la varita? ¿Tan endeble es la fe de algunos obispos que prefieren seguir en esta vida, aunque sea sin dignidad, a entrar en el maravilloso paraíso que tanto predican? ¿Tan débil es el espíritu militar de algunos militares que ponen su cuerpo serrano por encima de su disciplinado espíritu?

En fin, yo siempre había escuchado aquello de que el capitán es el último en abandonar el barco, y que son las ratas las primeras que lo abandonan a su suerte, pero por lo visto las cosas han cambiado. Ahora las ratas se quieren quedar en el barco, con el barco y con su vacuna puesta aunque los demás marineros nos ahoguemos.

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