Los muertos de La Isla

Publicado: 02/11/2022
Autor

Paco Melero

Licenciado en Filología Hispánica y con un punto de locura por la Lengua Latina y su evolución hasta nuestros días.

El Loco de la salina

Tengo una pregunta que a veces me tortura: estoy loco yo o los locos son los demás. Albert Einstein

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En todo caso, no acabo de entender por qué se dice “los tosantos” y no se dice “los tomuertos”, sino “los muertos tós”
A la hora de la verdad todos los muertos son iguales. Sin embargo, no se lo querrá creer, pero los muertos de La Isla tienen algo especial que no acabamos de concretar, porque ellos tampoco colaboran para nada. Los muertos de La Isla llevan grabada en sus caras la procedencia de una ciudad dormitorio donde nunca pasa nada, donde los jubilados, seguidores perpetuos de las obras eternas, saben de su lentitud, donde hasta a los tranvías les cuesta un imperio arrancar, donde triunfa en noviembre el Carnaval de telaraña y murciélago que refleja mejor la idea de una tierra moribunda.

Ayer me di una vuelta por el cementerio, cosa que suelo hacer para rebajar mi vanidad unos cuantos grados y para asegurarme de que todavía no formo parte de momento de la inmensa tropa de cañaíllas estáticos que allí pernoctan. Voy cuando el trasiego es mínimo, pero por estas fechas ya se empieza a ver la movida de flores y escaleras, porque la gente no sabe esperar al 2 de noviembre que es el día auténtico de verdad que debe dedicarse a los muertos. El personal no quiere saber nada del día de todos los santos, que es el día 1 de noviembre, porque aquí lo que se lleva no es el arreglo de la vida sino el de los nichos.

En todo caso, no acabo de entender por qué se dice “los tosantos” y no se dice “los tomuertos”, sino “los muertos tós”. Son cosas misteriosas de la lengua. Aquí, cuando uno se cabrea, se acuerda de los muertos de Tarzán, por ejemplo, cuando en realidad el pensamiento está puesto en el árbitro de turno. La palabra “muertos” tiene una sonoridad fantástica. Será que el diptongo “-uer-“ suena a tumba en el hueco de la boca y proporciona una increíble profundidad y un énfasis que retumba en los labios multiplicando la idea.

Se aprende mucho dando unas cuantas vueltas por el cementerio. Puede ir usted un día cualquiera, pero sin prisas y con esa tranquilidad que ofrece el saber que nadie le va a interrumpir. Vaya leyendo las lápidas. Verá que los textos son muy repetitivos y que la creatividad de los autores brilla por su ausencia, “Tu familia no te olvida”, “Aquí yace fulano”, un par de fechas y poco más, aunque a mí lo que me pone los vellos de punta es eso de “Aquí os espero”. Oiga, si no le importa, siga esperando, que ya llegaremos cuando tengamos que llegar, no antes.

Sin embargo, a pesar del poco espacio que tiene una lápida, hay paisanos que hacen gala en vida de títulos, de obras, de cosas magníficas que hicieron…, cuando saben que en las lápidas caben muy poquitas cosas y que la inmensa mayoría de logros y de éxitos se va a quedar sin poner por falta de sitio.

Los locos lo tenemos muy claro. Nos gustaría que nos pusieran: “La locura se lo llevó”, pero sin decir dónde, más que nada porque, si nos encuentran, nos van a volver a encerrar otra vez en este manicomio. Con quién mejor íbamos a viajar al otro mundo que con esa locura que siempre ha sido elogiada por hombres tan inteligentes como Erasmo de Rotterdam. Y por si faltaba poco, me han dicho que, debido al éxito de Halloween en La Isla, los yanquis quieren hacer un intercambio con nosotros. Ellos conmemoran el día de nuestra Constitución del 12, y a cambio nosotros nos acordamos de sus muertos tós. Al ritmo que llevamos de hamburguesas, de ataúdes y de americanadas terminarán por llevarse hasta la Feria del Carmen y de la sal.

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