Quantcast
El tiempo en: San Fernando
Miércoles 10/08/2022
 

El sexo de los libros

Antonin Artaud en México (III)

...el Diablo como simulador o fabricante de falsas imágenes no sólo de sí mismo sino también de los otros, imágenes de muertos, de cadáveres...

Publicado: 01/07/2022 ·
14:04
· Actualizado: 01/07/2022 · 14:06
Publicidad Ai Publicidad Ai Publicidad Ai Publicidad AiPublicidad AiPublicidad AiPublicidad AiPublicidad Ai
  • SIERRA TARAHUMARA (MÉXICO)
Autor

Carlos Manuel López

Carlos Manuel López Ramos es escritor y crítico literario. Consejero Asesor de la Fundación Caballero Bonald

El sexo de los libros

El blog 'El sexo de los libros' está dedicado a la literatura desde un punto de vista esencialmente filosófico e ideológico

VISITAR BLOG

Una  religiosidad caótica que, voluntaria o involuntariamente, mixtificaba y subvertía el orden sagrado desde una pulsión de ortodoxia retrospectiva hacia la piedad de su infancia y a partir de la reinterpretación de los sueños. «La Virgen no ha vivido más que de la necesidad de suplantar al hombre por la mujer pues ella es la famosa serpiente. [...] No es Lucifer quien es la Virgen Santa, es la Virgen Santa quien es Lucifer». El tramo final de este evangelio, colmado de  escabrosidades, coprolalias y glosolalias, concierne peculiarmente a las Cartas de Rodez (Lettres de Rodez) y a los Cuadernos de Rodez (Cahiers de Rodez). El esperma es el veneno que los brujos obtienen por onanismo planificando la erotización de las masas bajo la bandera  del Anticristo que representa el poder de la Nada; incluso «el matrimonio sexual no es cristiano». El Génesis de Artaud sucedió así: «las leyes de crecimiento y multiplicación de los seres fueron fijadas por Dios al principio de las cosas, en un sentido diametralmente opuesto al de la reproducción sexual, que es una inmunda infamia fomentada de pies a cabeza por los demonios. Dios nunca quiso el sexo y su esperma, la orina y el excremento». «Para mí esta cosmogonía era tan limpia y se concordaba tan imparcialmente con un designio racional (yo no creía en dioses), que no veía objeciones que oponer a una creación (para mí una forma de vida) en la que todo lo violentamente repulsivo y envilecedor —el coito, el parto— se había descartado ab origine. El hombre hubiera sido más higiénico, atraído por la ejemplaridad moral, y se habría ahorrado muchas aflicciones». «Los hombres fueron creados sin sexo, ni intestinos, y al principio de las cosas los alimentos se eliminaban por evaporación lumbar tras haber sido asimilados por el estómago, y antes de Adán hubo muchas Razas que vivieron de ese modo, y que se reprodujeron por pura transmisión fluídica de los alientos procedentes del corazón con la ayuda y la Sanción magnética del Espíritu Santo de Dios». El mal era la nada y el sexo; y el sexo aun dentro del matrimonio reproductivo que combinaba el semen, las meadas y las cagadas, bajando del infinito a la finitud, en tanto que se aguardaba la recuperación del infinito. Fue aquella una hora de Dios, el cual había realizado el milagro de transformarlo en Antonin Nalpas, reavivado y virgen para la segunda venida de Jesucristo conformément à la Profecía del Gran Monarca, sobre la que se han escrito necedades a mansalva, sin que Artaud se quedara atrás en estos desatinos. Para él lo más importante de la profecía era la separación de los sexos, que «serán separados con las llamas por no haberse querido separar por las buenas», restaurándose una situación preadánica y Cristo en la Tierra será el presidente de todos los seres vírgenes. Nadie podrá negar que en todo esto hubiera una lógica. Demente, si se quiere, pero una lógica que bastaba para estructurar, unificándolo, un depósito de perífrasis extrasensoriales y estruendos esquizoides. El nombre de Dios siempre invocado contra las capitulaciones  entre los judíos y Satán («el azar nacido de lo inexistente»), contra la medicina contemporánea dominada por el Anticristo, contra las potencias diabólicas que se hospedaban en los manicomios, el Diablo generador de las enfermedades, el Diablo como simulador o fabricante de falsas imágenes no sólo de sí mismo sino también de los otros, imágenes de muertos, de cadáveres para exaltar o para destruir.  Tertuliano lo llama aemulator e interpolator de la obra divina, imitador o “simio de Dios” (Diabolus est simia Dei); y, por esta razón, la patrística veía en el teatro una contribución demoníaca al procesamiento de una pseudo-realidad que, a pesar de ser ontológicamente inconsistente, suscitaba pasiones y emociones en el espectador así como  nocivas influencias que lo empujaban al naufragio. En Rodez, el evangelio de Artaud se transformó en escatológico con un  íntimo deseo de reversión del Diablo a su perdida calidad de Ángel y una contrición asmática de sus abundantísimas blasfemias pasadas. «Rodez es el último feudo de Dios en la Tierra, porque es ahí donde hace ocho siglos murió la Virgen María defendiendo a Dios, y todo lo que ahora queda de bueno en este lado de la Tierra está aquí». La antipatía de Artaud hacia los judíos no le impidió recurrir a la Cábala y a sus libros fundamentales, como el Zohar o el Séfer Ietzirá, para blindar la soteriología que por entonces interiorizó. Continuaba acribillado por las tentaciones, como san  Antonio, eremita en la Tebaida. «Viendo el horror de que está lleno el mundo, tengo la impresión de que el Mal está haciendo un esfuerzo en las profundidades mismas del Infinito». Dice enseguida que ya pasó todo, pero no del todo... Es evidente que se confunde. Había considerado hasta hacerse sacerdote. Sólo imaginar a un Artaud como cura produce escalofríos... Imaginémoslo (mejor no hacerlo) en el confesionario... Sus dificultades para expresarse y para pensar no remitían; afirmaba que ya no sabía escribir y que tantos sufrimientos habían lesionado su inteligencia... Por encima del deseo del cuerpo sin órganos, hacía notar el desprecio hacia el cuerpo en su totalidad... «Los que aman un cuerpo no son más que comedores de cadáveres, el cuerpo es aquello que suda y que hiede». Pero Dios le podía legar, mediante un milagro, un  cuerpo angélico; es decir, un cuerpo no sexualizado, «pero no puede hacerlo si este cuerpo no supera su agotamiento fisiológico interno que crea esta anemia en que se injerta el Mal». La escritura fue la arena de la lucha entre la desmesurada voluntad de Artaud y su cuerpo siempre  debilitado, sin que al respecto haya otra testificación comparable, en la literatura de todos los tiempos, sobre el vacío del Diablo y la muerte o, lo que es igual, la nada contra la que se había levantado el ideal de los santos... Ese vacío, que era la nada —principalmente el sexo, el erotismo—, adulteraba lo más esencial, empezando por la  ya preventivamente sustraída conciencia, para luego dirigirse hacia los objetos procediendo de forma sistemática, aunque era aquella una nada muy extraña correspondida por los consabidos brujos y demonios. Los ángeles le bajarían del cielo el azúcar y el chocolate, víveres cruciales en el acceso al amor puro...

Para los tarahumara, el peyote es un ser espiritual que se  sienta al lado del Padre Sol, fusionándose el dios  autóctono con Jesucristo en Onorúame, hacedor y regulador del mundo, dándose así una simbiosis  entre la religión primitiva y la cristiana. La Virgen María es la esposa de Dios, Gran Madre o Iyerúame. Dios creó a los rarámuris y el Diablo a los chabochis, que son los blancos o mestizos. Las danzas rituales no son bailes de sociedad, sino ceremonias sobre una motivación del espíritu de la tribu, sus costumbres y creencias, para agradecer bendiciones o exorcizar la magia negra. Hay danzas de oración, perdón o  petición de lluvia y buenas cosechas. El Diablo o Riablo,  que es de suyo bivalente, colabora con Dios, en circunstancias establecidas, para escarmentar a los hombres. Al Diablo se le puede aplacar mediante homenajes y ofrendas. Algunos chamanes utilizan el peyote para sus curaciones; la planta tiene un uso restringido y sólo los chamanes saben la cantidad que se puede utilizar así como todo sobre su recolección y almacenamiento. Los elementos cristiano-católicos fueron introducidos por los jesuitas durante los ciento cincuenta años de convivencia en la época colonial. La ritualística tarahumara incluye unas curiosas procesiones en Semana Santa y competiciones deportivas como carreras a pie o juegos de pelota. Los individuos de esta etnia tienen una merecida fama de excelentes corredores por su velocidad y resistencia, lo que se ha probado en certámenes internacionales de la actualidad. Hay una poética del pensamiento rarámuri sobre sus grandes enigmas, la insospechada adaptación al clima o su “ciencia natural” que desborda sabiduría en cada una de sus yerbas curativas o en sus formas sinestésicas y alucinatorias...

Pero Artaud no iba de antropólogo ni de etnógrafo. Aunque él lo negara («No fui a México a hacer un viaje de iniciación o de placer [...] Fui a encontrar una raza que pudiera seguirme en mis ideas»), México sí fue una tentativa de iniciación, y digo con esto la iniciación que significa la spiritualis  illuminatio o Erleuchtung o lux spiritualis sapientiae. «Esta sierra habitada que despide un pensamiento metafísico por sus rocas, los tarahumaras la han sembrado de signos, de signos perfectamente conscientes, inteligentes y concertados», a modo de una impulsión del espíritu sobre la naturaleza que allí no había sido postergada, como lo fue en occidente por causa del humanismo renacentista, que rebajó lo natural  —minimizándolo— a un  nivel humano. Los rarámuris serían descendientes de los atlantes, aborígenes de la Atlántida, de los que heredaron ritos, celebraciones y otras charangas, sin por ello aludir explicativamente a la hipótesis americana de la mítica isla  destruida. Alaridos litúrgicos, pantomimas declamatorias, holocaustos y muchos temas bailables se empalmaban en la tramoya religiosa. Para el evangelista —libérrimo en sus exégesis—, las gentes de  aquella raza eran sus semejantes porque despreciaban el cuerpo y, como había dicho, sólo vivían por y para sus ideas, «en una comunicación constante y casi mágica con la vida superior de esas ideas». Y fue entre aquellas terribles montañas donde encontró lo sobrenatural no tan inimaginable como se había temido, a pesar de los embrujamientos que pesaban sobre él. Un desbordarse como la locura, la agonía indisoluble y «este montón de órganos mal agrupados que soy yo»... Extraemos esta definición de locura: «Un trasplante fuera de la esencia, pero dentro de los abismos, de lo interior exterior»; y esta otra de la esencia: «el agujero de un cuerpo que el abismo de la boca circular de la olla nunca ha significado de verdad frente a las impaciencias de la alquimia».  Predicaba en el desierto y su pretensión era ser curado en la Danza del Peyote..., el peyote que no se había hecho para los blancos..., como asimismo estaban las misteriosas  revelaciones de las que creyó iba a obtener inferencias metafísicas espectaculares.

TE RECOMENDAMOS