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03/07/2022  

Sindéresis

Nuestra Casa

Aitor Heras fue un escritor, carajo, ha muerto, y al paternal «mundo de la cultura» le importa poco; como sucederá cuando yo me muera

Publicado: 02/05/2022 ·
20:43
· Actualizado: 02/05/2022 · 20:43
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Autor

Juan González Mesa

Juan González Mesa se define como escritor profesional, columnista aficionado, guionista mercenario

Sindéresis

Del propio autor:

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Somos una extraña comunidad autorreferenciada de gente que vive en y con el mundo de la literatura de género fantástico, el Pulp, el cómic, los videojuegos, el cine de acción y fantasía; somos el fandom, la nación friqui. Somos los amigos de Aitor Heras, que ha fallecido esta semana por culpa del cáncer. Era un escritor y un devoto, como yo, pero, esta vez sí, no lo verás en los telediarios. Ni a mí. Ni a nadie.

Somos el pueblo invisible y nuestra casa es el recuerdo. Afortunadamente, entre nosotros están Mariano Villareal, Juanma Santiago, Lola Robles, que son los escribas de nuestras horas, combates, fracasos, obituarios y novelas. Tenemos nuestras hogueras de invierno donde nos agasajamos y premiamos entre nosotros, en ausencia de turistas, rodeados de monolitos negros que no son reloj de estrellas, pero sí de épocas.

Nos buscamos en los bares; pinchamos juntos en las firmas, en las casetas de forzudos, barbudas y lagartos que son las ferias de libros para nuestro pueblo. Rajamos los unos de los otros y, de vez en cuando, alguien pare una perla, una rareza, un clásico inmediato que debería reventar el mundo como si hubiese ganado el Nadal, el Pullitzer y el Roland Garros al mismo tiempo; pero no sucede nada.

Y la rabia aumenta.

Porque de esto se habla poco, de la rabia, del apartheid del género fantástico, del ostracismo, cuando no del buylling, al que nos someten las Reales Academias, los Consistorios, los intelectuales y la madre que los parió a todos. Aitor Heras fue un escritor, carajo, ha muerto, y al paternal «mundo de la cultura» le importa poco; como sucederá cuando yo me muera.

Excepto que él y yo compartimos casa, que es el recuerdo de los nuestros, y vamos a calentarnos para siempre en la misma hoguera, rodeados por nuestro pueblo, pero esta vez dentro del fuego, al arbitrio y protección de los grandes monolitos negros que no son reloj de estrellas, pero sí de épocas. La nuestra fue marcada por el enriquecimiento estrafalario de productores audiovisuales gracias a El señor de los anillos, Harry Potter, Juego de Tronos y los universos de DC y Marvel, con las personas y criaturas que nosotros conocimos antes que el resto y que vimos volar desde nuestras almohadas y escritorios y jardines hasta el «mundo de la cultura».

Gracias por nada.

Esta es una carta de rabia y rebeldía; es decir, de orgullo. El pueblo invisible, la nación friqui, el puto fandom, ha estado siempre y estará siempre; desde que Homero el ciego usó a los dioses de su cultura para enriquecer las aventuras de la guerra, hasta que el mundo se acabe y el último escritor de género lo cuente, y lo pervierta con imaginación, a la luz de la última vela; ahí hemos estado siempre, ahí estaremos, aunque nuestra vida y nuestra muerte no importen a nadie. Más que a los tuyos, a tus hermanas y hermanos, forzudos, barbudas y reptiles que saben escribir, y llorar, con mayor dignidad que ninguno; por amor al imposible.

Ad Astra, Aitor. Cuéntale a Calíope que aquí abajo no se rinde nadie.

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